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El amor: la magia intrínseca del ser


Ángel de la Fe

Te siento, 
en algún rincón de la existencia
me has visto volar hacia Ti,
y  hoy nos volvemos a encontrar,
te has convertido en el solaz de mi alma
y en el presentimiento del amor,
nuestras almas vuelven a encontrarse
y  sus miradas  tímidamente se acarician
pretendiendo revivir destellos de conciencia.
Pese al tiempo te llevo en mis adentros,
te ruego no me olvides. 
Algún día nos encontraremos en el Reino del Amor,
hasta tanto, ten presente que la misma belleza nos une,
y que nuestros ideales han de encontrarse.
Toma mi mano que yo me asiré a la tuya,
te suplico sigas siendo mi ángel de la FE!

Mujer un canto de amor
Ejercitando el corazón



Enseñar a los niños a orar

Orar en familia puede ayudar a la unión familiar y a cultivar la espiritualidad universal en conjunto con la sensibilidad en los niños (as). He aquí un ejemplo de una bella oración acoplada a ellos (as).

“Oh Mi Señor te pido por favor que me cuides en el sendero hacia Ti  y que cuides a mis seres queridos, a mi padre, a mi madre, mis hermanos, mis vecinos, mis paisanos, la gente del mundo y a todos los animales, que todos ellos sean recibidos por Ti, que todos ellos me recuerden sobre ti. Oh Mi Señor te quiero pedir para que en esta vida yo pueda ser un amiguito de los demás, sincero, amoroso, humilde. Oh MI señor permíteme siempre recordarte así como lo estoy haciendo en este momento y permíteme ser un buen hijito tuyo, un buen representante en este camino por este mundo. Te agradezco, quiero tocar tus pies, quiero cantar Mi Señor déjame ser tuyo, tuyo, tuyo para siempre, eso es lo único que te pido. Om, Shalom, Amén"

Invocar toda la fuerza divina con nuestras oraciones, invocar continuamente su presencia cuando lo necesitemos, llamarlo y pedirle que nos de claridad para actuar en la mejor forma incrementará nuestra Fe saludable en la vida, en la potencialidad positiva de nuestro ser y brindará a los niños la posibilidad de confiar en su propia espiritualidad, en un mundo cada vez más consumista y competitivo, confiar en la divinidad vale la pena!

BAPUH
Vida en familia


Realismo y fe, frente a la enfermedad
                                         14 Junio 2013. Blanca López - Ibor 
«Todo médico sabe cuándo comienza la vida y cuándo termina. Eso lo sabemos desde el momento que pisamos la Universidad, donde nos enseñan a curar enfermos y a luchar por la vida»
      La doctora Blanca López-Ibor, Jefa de Oncología Pediátrica del hospital Montepríncipe de Madrid, habla por su fe, pero también por su propia esperanza. «Los niños siempre me dan una lección de vida, de esperanza, de fortaleza ante el miedo, de trascendencia», cuenta en esta entrevista a Anabel Llamas, para el semanario ‘Esta hora’, del Arzobispado de Oviedo.
      La mayoría de sus pequeños pacientes se curan, pero no todos. Sin embargo, la doctora entiende que su trabajo no termina ahí, y cada quince días mantiene reuniones con padres de niños en el Cielo. «El tiempo no cura nada: el amor por un hijo está fuera del tiempo y del espacio», dice.
¿Cómo ser creyente y médico, cuando la ciencia parece ir desvelando poco a poco las respuestas a todas las incógnitas que el hombre desconocía?
      Yo vengo del ateísmo militante, es decir: ya he estado allí y sé cómo se siente uno. Lo que nos pasa a los médicos es que no necesitamos a Dios en nuestras vidas, pensamos que la ciencia lo va a explicar todo, pero al final, es una realidad que a medida que avanza el conocimiento científico, cosas que antes no tenían explicación hoy las tienen. Sin embargo, este planteamiento es muy simple. Llega un momento en que te das cuenta que el ser humano no son solamente células. Aparte de ser bioquímica pura, hay una mente y un espíritu. Para llegar a esta conclusión, el médico se tiene que sentar y pensar. Y vemos entonces que no somos Dios, que el ser humano nace y muere, hagamos lo que hagamos.
Sin embargo, hoy más que nunca debatimos sobre el aborto y la eutanasia como supuestos derechos. Los médicos tienen mucho que decir al respecto...
      Pienso que cada ser humano y cada médico se va a dormir con las decisiones que toma cada día. Todo médico sabe cuándo comienza la vida y cuándo termina. Eso lo sabemos desde el momento que pisamos la Universidad, donde nos enseñan a curar enfermos y a luchar por la vida.
      Cuando nos arrogamos el poder de decidir quién vive y quién no, dejamos de ser médicos y nos convertimos en otra cosa. Hay que darse cuenta de dónde estamos, qué es lo que somos, por qué uno decidió ser médico y con quién está lidiando −un ser humano que sufre, que está enfermo−, y qué pinta él en eso, si eres un mero técnico, o si también tienes que ayudar a recorrer un camino doloroso.
      Todos opinan sobre la vida: abogados, políticos, asociaciones, pero al final, la realidad es que es el médico el que está delante de cada enfermo. Por eso insisto tanto en que todos tenemos diez minutos para pensar en dónde estoy, en si me estoy dejando llevar por una corriente que no es la mía. No todas las preguntas tienen respuesta, y más este tipo de preguntas. Pero se trata de buscar lo que te da paz. Si te da paz, es lo correcto. Si no te la da, no lo es. El médico que acabe con la vida de un feto no sentirá paz, y lo digo por la profunda experiencia de haber pasado por ahí.
¿Cómo luchar contra el sentimiento de sentirse abandonado por Dios en medio del dolor y la enfermedad?
      Esto es justo de lo que voy a hablar en la conferencia. No estamos solos. Jesús nos dijo «yo me quedaré con vosotros hasta el fin del mundo». Y efectivamente se queda dentro del Sagrario, de las personas, lo puedes encontrar en la mirada de una persona, en un momento concreto. Pero además, el dolor y el sufrimiento es un misterio: y ante eso, o te repliegas y te quedas quieto, o te pones en camino tratando de buscarle un sentido. Me parece que Dios es mucho más de echar a caminar y buscar respuestas. En ese sentido, yo quiero seguir un camino, y en ese camino convertirme en un bastón de la gente que sufre.
¿Cómo acompañar y ayudar a un hijo enfermo?
      Yo siempre les digo a los padres que, cuando pongan un pie en el suelo por la mañana, se pregunten qué están haciendo aquí. Y la respuesta debe ser acompañar a un hijo que, en el camino de su vida, tiene que recorrer un tramo difícil. No quiero padres que se miren el ombligo que digan ¡qué horror!, sino padres en marcha ayudando a sus hijos, para que sean adultos sanos, social, y espiritualmente también.
Vive a diario rodeada de enfermedad. ¿Cómo mantiene la paz interior y la alegría?
      El 80% o más de los niños con cáncer en España se curan. Es importante integrar la enfermedad en la vida normal de un niño, para ayudarles a ser adultos equilibrados. Por otro lado, respecto a los niños que se van al cielo: si no puedo curarles a ellos, intento curar a los padres. Cada 15 días me reúno con un grupo de padres: el ser humano sabe encontrar dentro de sí mismo la respuesta a que la muerte no es una ausencia, sino un cambio de presencia. El tiempo no cura nada: el amor por un hijo está fuera del tiempo y del espacio. Esto no lo digo yo, es lo que ellos me han enseñado. Yo sólo soy un instrumento, y como tal, trato de ser lo más afinado posible, poner todo mi esfuerzo intelectual al 100%, y con el mayor cariño. Y después entender que la vida y la muerte no está en mis manos.
¿Influye la actitud del enfermo ante la enfermedad?
      Hay toda una filosofía ante el cáncer sobre esto, que es un poco el logo de Obama, muy americano: si quieres, puedes. Se transmite eso a los enfermos, pero cuánta gente quiso curarse y no se curó. No es tanto el pensamiento positivo sino el realismo. No puedo modificar eso pero sí mi actitud frente a eso. Por supuesto soy un médico que quiero saber, y que el día que me muera mi primera pregunta será ésa: por qué un menor enferma. Pero la esperanza va más allá de la muerte. Estamos en manos de quien nos creó y nos quiere con locura, y eso nos lo demostró. Además, los niños siempre me dan una lección de vida, de esperanza, de fortaleza ante el miedo, de trascendencia.
FUENTE: Almudi.org

El mensaje oculto del amor


El poder curativo del amor

Durante años fui un neurótico. Era un ser oprimido y egoísta y todo el mundo insistía en decirme que cambiara y no dejaban de recordarme lo neurótico que era, yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la necesidad de hacerlo por mucho que lo intentara.


Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba., también insistía en la necesidad de que yo cambiara, y también con él estaba de acuerdo, aunque tampoco podía ofenderme con él. De manera que me sentía impotente y como atrapado.

Pero un día mi amigo me dijo: "No cambies. Sigue sien- do tal y como eres.


En realidad, no importa que cambies o dejes de cambiar. Yo te quiero tal como eres y no puedo dejar de quererte." Aquellas palabras sonaron en mis oídos como una música: "No cambies, no cambies, te quiero." Entonces me tranquilicé, me sentí vivo, ¡oh maravilla!, cambié.


Me parece claro es que, en todo caso, lo sustancial de la fábula queda en pie: nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no experimenta una razón «positiva» para cambiar, si no tiene una fuerza interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.


Temo que esta elemental norma pedagógica y humana sea desconocida por muchísimas personas. Tal vez por eso el primer consejo que yo doy siempre a los padres que me cuentan problemas de sus hijos sea éste: De momento, quiérele, quiérele ahora más que nunca. No le eches en cara sus defectos, que él ya conoce de sobra. Quiérele. Confía en él. Hazle comprender que le quieres y que le querrás siempre, con defectos o sin ellos.


El debe estar seguro de que, haga lo que haga, no perderá tu amor. Eso, lejos de empujarle al mal, le dará fuerza para sentirse hombre. Con continuos reproches lo más probable es que multipliques su amargura y le hagas encastillarse en sus defectos, aunque sólo sea por amor propio. El debe conocer que esos fallos suyos te hacen sufrir.


Pero debe saber también que tú le amas lo suficiente como para sufrir por él todo lo que sea necesario. Y nunca le pases factura de ese amor. Tú lo haces porque es tu deber, porque eres padre o madre, no como un gesto de magnanimidad. Y cuando te canses -porque también te cansarás de perdonar por mucho que le quieras-, acuérdate alguna vez de que también Dios nos quiere tal y como somos y tiene con nosotros mucha más paciencia que nosotros con los nuestros.

Pero ¿y si la técnica del amor termina fallando porque también la ingratitud es parte de la condición humana? Al menos habremos cumplido con nuestro deber y habremos aportado lo mejor de nosotros. En todo caso, es seguro que un poco de aumento de amor vale mucho más que mil reproches.

Supongo que habrá algunos lectores que no estén del todo de acuerdo con esta fábula

y que hubieran preferido que el consejo de mi amigo fuera un poco diferente: Harías bien en tratar de cambiar por tu propia bien, pero lo importante es que sepas que yo te quiero, como eres o como puedes llegar a ser.


Pero lo que me parece claro es que, en todo caso, lo sustancial de la fábula queda en pie: nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no experimenta una razón «positiva» para cambiar, si no tiene una fuerza interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.


Texto proporcionado por Adity DD



Ejercitando el corazón 

Mirar la vida con optimismo


A veces la vida puede volverse rutimaria, sin embargo recordar las bendiciones recibidas podría convertirse en el acto más benébolo del día.

Escribir en una libreta diariamente los acontecimientos positivos del día puede conducirte hacia una vida agradecida y por supuesto positiva, hacerlo diariamente programará tu mente a pensar con su natural alegría y a tornarte en un ser de esperanza, haz la prueba!
   
Vida en familia
Amor


amor - un sentimiento de una relación personal afectuosa


"¿Para quién son esas flores?" -preguntó sonriendo hacia el ramo de flores. Qué pregunta tan innecesaria de parte de la mujer que me ha guiado por las pruebas de la vida. Ésta es la madre que trabajaba todo el día y que tenía que lidiar con sus hijos en la noche mientras yo me esforzaba para graduarme de la escuela. Ésta es la esposa que se sentaba a mi lado y reprimía sus lágrimas mientras yo sufría un año agonizante de quimioterapia. Ésta es la mujer que estiraba cuidadosamente nuestro presupuesto para que pudiéramos pagar una casa nueva. Hoy el sol brilla, pero las nubes pueden regresar. No sé lo que nos depara el futuro, pero lo que sí sé es que mi amor por ella ha crecido y que nunca pondré en duda su amor por mí.

No importa de qué están hechas nuestras almas; la suya y la mía son iguales.

Emily Brontë

1818-1848 Novelista, poetisa 

FUENTE: http://www.unavidamejor.org/